El Vino Tinto muy Variopinto

Desde que el hombre comió por casualidad algunas uvas fermentadas de manera espontánea de un racimo de vid y, pudo descubrir los efectos que le producía aquella combinación de azúcar y alcohol, dedicó todo su esfuerzo e inteligencia para reproducir este proceso “misterioso” en un ambiente alejado del viñedo.

De esta forma empieza a crear recipientes y herramientas para rehacer este “mágico” jugo. Es así que nacen las tinajas, ánforas, lagares y toneles de madera. El objetivo era contener el mosto una vez pisada la uva y darle un lugar donde pueda fermentar sin el ataque de agentes adversos externos.

Es probable que los primeros vinos obtenidos de uvas tintas no hayan tenido el color o los colores y sabores que hoy en día le conocemos. Quizá hayan llegado a un rosado muy tenue o, a lo sumo, a un rojo “clairet”. Las técnicas de extracción de color y de maceración eran muy rudimentarias, y así mismo, lo eran las de fermentación, por lo que el producto final era un vino de color rosado pálido, de bajo contenido alcohólico y moderadamente dulce. Cabe resaltar que en la antigüedad los vinos más célebres no eran tintos sino blancos: Falernum (Roma), Rhenish (Alemania).

Con el advenimiento de los tiempos modernos, la tecnología dentro de la bodega progresa enormemente como consecuencia de una galopante revolución industrial. Esto deriva en mejores producciones con excedentes que a la larga desarrollan el comercio del vino a nivel mundial. Es de esta manera que el vino tinto va ganando terreno y va haciéndose más potente y variado.

Pero dejemos atrás tanta historia y análisis y, enfoquemos nuestro interés en nuestro querido y siempre presente vino tinto, que nace, como es predecible de uvas tintas. Ahora, de uvas tintas también se pueden obtener vinos blancos; como el Champagne p.ej. Pero, de uvas blancas nunca conseguiremos un vino tinto. Anecdótico, ¿no?

¿Cuántos aromas nos regala un tinto? Se dice que más de un millón de moléculas aromáticas componen la totalidad de los vinos tintos. Una nariz bien entrenada puede llegar a distinguir cien o más. Pero para nosotros, sencillos aficionados, con detectar diez aromas básicos nos basta y nos sobra. Los más usuales son: ciruelas, cerezas, moras, pimienta, frambuesas, fresas, vainilla, pimiento rojo, canela, cuero, violetas y chocolate. Puede o no existir correspondencia con lo que se percibe en el paladar, pero eso no es detrimento alguno ni tampoco le resta virtud al mosto.

Un actor distinguido en esta obra tinta es el tanino. Este astringente o seco participante, conocido técnicamente como un polifenol,  hará que disfrutemos más o menos de la puesta en escena en el paladar. Podrá ser áspero o verde si aún no está pulido por los años o no proviene de buena casta; moderado si se ha cultivado un buen tiempo en botella o en barrica; o en su defecto, se comportará como un actor consumado por años de crianza y añejamiento, mostrando exquisita redondez aterciopelada y mucha finesa de textura.

Los colores, algunos intensos y otros algo más apagados, nos permiten descubrir sus orígenes, concepción y evolución: violáceos y purpúreos para vinos de corta edad y que proceden de uvas de piel gruesa como la Cabernet Sauvignon o la Malbec; granates, rubí y carmín para vinos de tres a cinco años y, de uvas como la Tempranillo, Pinot Noir o Sangiovese. Colores cereza pálido, ladrillo o tejos, para aquellos vinos con mucho tiempo de añejamiento, generalmente de ocho años o más desde la fecha de vendimia. Y por último, están los vinos longevos que presentan tonos ambarinos o dorados intensos.

Bueno, ¿qué dicen? Desde aquí los animamos para que redescubran un vino tinto este fin de semana.

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