La Barrica de Roble, Una Vieja Amiga.

Siglos atrás se descubrió que la barrica de roble no sólo servía para el transporte del vino, sino que también le generaba una serie de características positivas, desde hacerlo más agradable al paladar hasta otorgarle aromas y sabores únicos. Vale la pena resaltar, que aproximadamente el 2% del vino producido mundialmente es colocado en barricas de roble.

Una premisa para tener en cuenta es que no cualquier roble es apto para su utilización en la crianza del vino. Sólo el más antiguo y el de determinadas especies son los mejores para la fabricación de barricas. Se elaboran alrededor de 550,000 barricas de roble al año.

Quercus Alba

La barrica más popular y usada es la “bordelesa” con una capacidad de 225 litros. No olvidemos que al igual que el vino el roble es una materia viva. Existen más de 250 especies de “Quercus” (roble) conocidas en todo el mundo, pero sólo unas pocas son las elegidas para la fabricación de barricas con el fin de mejorar el  mosto contenido en ellas.  

Son dos los robles utilizados: El roble americano o Quercus Alba, que es un árbol de tronco recto, muy alto de abundante copa. Los bosques de esta especie se extienden por varias partes de los Estados Unidos: Kentucky, Missouri entre otros. En cambio, en Europa, existe un tipo de roble dotado de otras propiedades que también son idóneas para la crianza del vino, el Quercus Petraea. Francia es la zona geográfica por excelencia que posee más bosques de este roble, siendo Troncais, Allier y Nevers los mejores. Es un árbol de larga vida, que puede superar el millar de años.

Quercus Petraea.

Es importante el lugar donde habitan pues determina el tipo de grano y los aromas que la madera aportará al vino.  Por lo tanto, éste influirá en los distintos aromas y sabores que la barrica transfiere. A través de sus poros hay un intercambio gaseoso que favorece la formación de combinaciones entre los taninos de la madera y los pigmentos del vino, confiriendo  color, aroma y sabores característicos a cada vino.

Las barricas nuevas y de primer uso son más eficaces y eficientes en su relación con el vino, mientras aquellas, que poseen dos o más usos,  ya han perdido gran parte de sus propiedades por lo que se les usa sólo como un medio oxidativo. Si se quiere obtener algún aroma o sabor de ellas, es necesaria una mayor estadía del vino en las barricas.

El tiempo de crianza va en proporción directa con la intensidad aromática y de sabor que la madera cede al mosto, asimismo, con la suavidad de los taninos.

El roble americano tiende a ser más potente con aromas de azúcar caramelizada, coco y viruta de madera; en cambio, el roble francés tiende a ser más sutil pero más rico en aromas a vainilla, clavo de olor, caramelo y canela.

El tostado de la duela para el armado de la barrica aporta toques de café, chocolate, maní confitado, pan tostado y alquitrán.

Cuando leamos la contraetiqueta miremos si el vino ha sido criado en “barricas de roble”. Esto es importante porque cualquier otro termino como: “en contacto con”, “criado en roble”, “envejecido en roble”, no necesariamente nos remite a una barrica “per se”. Fijémonos igualmente en el tiempo de crianza y preguntemos siempre qué porcentaje del vino ha ido a barrica. No siempre es el 100%.

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