Los Terroirs del Mundo: Colchagua

Hay zonas y zonas, terruños y terruños. Unos con una bien ganada reputación por su singularidad, complejidad y tradición; y otros, en cambio, son conocidos por venir con algo de “hype” o “bombo publicitario”. El valle de Colchagua, ubicado dentro del Valle de Rapel, que a su vez forma parte de la macro Región Valle Central, era de estos últimos. Decimos “era” porque hace un par de décadas atrás se le publicitaba como la “Napa Valley” de Sudamérica. Si bien contaba con un cúmulo de bodegas nuevas o recién “aggiornatas”, cuyos vinos daban buena talla, aún existía en ellas cierta tendencia de elevar los precios muy por encima de la calidad intrínseca ofrecida. Pero, y siempre hay un “pero” en todo, una vez extinguido el “hype”, se tuvo que trabajar fuerte y prolijamente para ubicar y delimitar los terroirs que le permitiesen a este valle sustentar lo dicho y, a su vez, competir en calidad y variedad con los norteños “pesos pesados” del Valle del Maipo.  

En Colchagua hay dos zonas bastante definidas: la que se inicia en la Cordillera de los Andes, donde la influencia de este fenómeno geológico genera un clima de sierra que, junto con una amplitud térmica importante, sellan de manera distintiva a las uvas, que generalmente presentan aromas de frutillos frescos con una acidez muy marcada. En San Fernando hay un pequeño grupo de bodegas, y algo más al sur, en el micro-terroir de Chimbarongo (palabra mapuche que significa “lugar nublado”) se gesta una excelente Pinot Noir. No por nada, aquí se ubica la afamada bodega Cono Sur.

La otra zona se ubica entre la Panamericana Sur y el Océano Pacífico. La “Cordillera de la Costa” la protege del influjo de la fría brisa marina, y a su vez la vuelve más cálida. Por lo tanto, encontraremos viñedos que en su mayoría son de uvas tintas, sobre todo de aquellas de difícil o de tardía maduración: Carmenère, Cabernet Sauvignon, Syrah, Tannat, y Mourvèdre (Monastrell). Los suelos de esta sub-área son franco-arenosos con una capa inferior de piedras, lo que permite un perfecto drenaje y un crecimiento profundo de las raíces. En este tipo de suelo se logran vinos finos, elegantes, aromáticos y de buena carga tánica. Destacan las áreas de Peralillo, Palmilla, Santa Cruz, Marchigüe, Lolol y Apalta.

De todas, destacamos a Apalta, a la cual le dedicamos unas cuantas líneas. Aquí la Carmenère se da soberbia, sobre todo porque el valle de Apalta posee un clima templado-cálido y porque en la zona sobreviven vides muy viejas, cuyas bayas producen vinos potentes, intensos, perfumados y muy cubiertos. Los viñedos más importantes están al pie o en las laderas de la montaña, y toman la forma de una media luna o de “boomerang”. Suelos de grava y de arena y, una inusual protección de las temperaturas, a veces abrazadoras del Valle de Colchagua, terminan por moldear soberbiamente a este excepcional terruño.

No hace mucho aparecieron algunos emprendimientos vitivinícolas en la zona costera de Cachapoal, a unos 5 Km. del mar, que no dejan de ser interesantes. Es un área fría con una inmejorable variación térmica, que beneficia el cultivo de “uvas del frío” como Pinot Noir, Gewürztraminer y Chardonnay. Sus suelos son franco-arcillosos con capas de granito, cuarzo y piedras. Mineralidad, salinidad y un Ph levemente ácido contribuyen a imprimir en los vinos propiedades muy únicas: vivacidad, frescura, carácter, buena profundidad, y un dejo mineral. Sus vinos son austeros pero distintivos.  Pónganle mucha atención a este lugar: Paredones.

Las marcas de vinos más reconocidas poseen bodegas o viñedos en Colchagua. Les queda como tarea descubrir cuáles son.

Roberto Viacava Duffy, Sommelier peruano y Consultor en Vinos. Colaborador de La Canastería.

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